LA CIUDAD QUE EXPULSA A QUIEN NO PUEDE PAGARLA
Cuenca es una ciudad hermosa. Eso lo sabemos quienes vivimos aquí y también quienes llegan por primera vez y se quedan mirando sus calles con esa mezcla de sorpresa y encanto. Cuenca tiene ríos, iglesias, casas antiguas, montañas cerca, cafés llenos, una calma que todavía se siente en ciertas esquinas. Tiene una belleza que se deja fotografiar muy bien. Pero vivir en una ciudad no es lo mismo que mirarla.
Para muchas personas, Cuenca ya no se siente tan amable como aparece en las postales. Cada vez cuesta más arrendar un cuarto, un departamento pequeño, una casa sencilla. Cada vez hay más barrios donde vivir parece un privilegio y no una posibilidad. Cada vez más gente tiene que irse un poco más lejos, ajustar el presupuesto, compartir espacios, mudarse otra vez, renunciar a la cercanía con el trabajo, la universidad, la escuela de los hijos o la familia.
Y ahí empieza una pregunta que incomoda: ¿qué pasa cuando una ciudad bonita se vuelve difícil para quienes la sostienen todos los días?
No hablo de números fríos ni de estadísticas lejanas. Hablo de la estudiante que llega de otra provincia y descubre que una habitación cuesta más de lo que su familia puede enviarle. Hablo del joven que trabaja todo el mes, pero no logra independizarse porque el arriendo se lleva casi todo. Hablo de la madre que busca un lugar seguro para vivir con sus hijos y termina eligiendo lo que alcanza. Hablo del artista, de la cuidadora, del mesero, de la vendedora, del docente, del trabajador que cruza la ciudad cada mañana para hacerla funcionar, aunque vivir cerca de ella sea cada vez menos posible.
Cuenca necesita a esas personas. Las necesita para abrir sus negocios, cuidar sus casas, atender sus restaurantes, enseñar en sus aulas, sostener sus mercados, limpiar sus calles, llenar sus buses, darle vida a sus barrios. Sin embargo, muchas veces son esas mismas personas las que ya no pueden pagar la ciudad que ayudan a mantener de pie.
La expulsión no siempre ocurre de golpe. A veces empieza con una frase simple: “El arriendo va a subir”. Luego viene la búsqueda. Luego el cansancio. Luego la resignación: “Tal vez más lejos encontremos algo”. Y así, poco a poco, alguien deja el barrio donde tenía su rutina, sus vecinos, su tienda de confianza, su parada cercana, su vida organizada. Nadie lo echa directamente, pero todo le va diciendo que ya no puede quedarse. Eso también es una forma de expulsión.
Hay barrios que cambian sin que casi nos demos cuenta. Donde antes había casas familiares, aparecen alojamientos temporales. Donde había tiendas pequeñas, aparecen locales pensados para otros bolsillos. Donde había vecinos que se conocían, empiezan a pasar personas que están solo unos días. No todo cambio es malo, por supuesto. Las ciudades se transforman, crecen, se renuevan. El problema aparece cuando esa transformación deja fuera a quienes han vivido allí siempre o a quienes necesitan vivir cerca para estudiar, trabajar o cuidar.
Porque un barrio es una red: la señora que fía en la tienda, el vecino que avisa si algo pasa, la abuela que camina hasta el mercado, el niño que va a la escuela cerca de casa; es la persona que sabe en qué esquina tomar el bus y a qué hora pasa menos lleno. Cuando esa red se rompe se pierde una manera de vivir.
A veces celebramos que una zona “mejoró” porque se ve más bonita, más moderna, más atractiva. Pero habría que preguntarse con honestidad: ¿mejoró para quién? ¿Para quienes vivían ahí o para quienes ahora pueden pagar más? ¿Para el barrio o para el negocio? ¿Para la vida cotidiana o para la foto?
Cuenca no debería convertirse en una ciudad que se mira con admiración, pero se vive con angustia. No debería ser una ciudad donde cada vez más personas sienten que deben pedir permiso al mercado para quedarse. No debería ser una ciudad donde la belleza sirva para atraer inversión, pero no para cuidar a su gente.
Porque una ciudad no vale solo por sus fachadas, sus iglesias, sus ríos o sus plazas. Una ciudad vale por la posibilidad de hacer vida en ella. Vale por la gente que puede quedarse, criar, estudiar, trabajar, envejecer, caminar, encontrarse. Vale por sus vínculos. Por sus memorias. Por esa sensación sencilla, pero profunda, de pertenecer.
Por eso hablar de arriendos, vivienda y barrios es hablar de la vida de todos los días. Es hablar de quién puede quedarse y quién tiene que irse. Es hablar de si queremos una ciudad abierta o una ciudad cada vez más exclusiva. Es hablar del derecho a no ser desplazado en silencio.
Cuenca puede y debe recibir visitantes. Puede atraer inversión. Puede cuidar su patrimonio y fortalecer su economía. Pero nada de eso debería hacerse a costa de volver imposible la vida de quienes la habitan. Una ciudad que se vuelve hermosa solo para algunos termina perdiendo algo esencial: su alma común.
Quizá todavía estamos a tiempo de hacernos una pregunta sencilla: ¿queremos una Cuenca para ser mostrada o una Cuenca para ser vivida?
Porque una ciudad verdaderamente bella no es aquella que todos quieren fotografiar: es aquella en la que su gente todavía puede quedarse.
Portada: imagen tomada de https://n9.cl/y6tl7

Periodista rumana afincada en Cuenca Ecuador, editora, creadora digital con amplia experiencia en comunicación institucional, vicepresidenta de la Unión de Periodistas del Azuay.