UNA AMENAZA QUE PONE EN RIESGO LA ESENCIA DE CUENCA
En 2025, el sector de la construcción en Ecuador mostró una evolución contradictoria: tras un inicio alentador con un crecimiento del 6,7% en el segundo trimestre y un repunte del 27,2% en septiembre, los datos del tercer trimestre revelaron una caída interanual del 48% —según el INEC—, reflejando una crisis marcada por la baja demanda, la falta de permisos y el retroceso del crédito hipotecario.
Aunque las proyecciones apuntaban a una leve recuperación del 2,5% tras la contracción de 2024, la realidad fue un desplome que contrastó con el crecimiento general de la economía (4,3% en el segundo trimestre), dejando al sector con un balance negativo y una fuerte contracción hacia el cierre del año.
En contraste, en Cuenca el sector de la construcción movió 2.450 millones de dólares y creció un 8% en 2025. Así lo señaló el viceministro de Desarrollo Urbano Sostenible y Vivienda, Daniel Elmir, durante el conversatorio “Panorama económico del sector de la construcción”, desarrollado el martes 13 de enero en la Cámara de la Construcción de Cuenca.
Buenas noticias para la economía, sí. Pero, ¿cuáles son los efectos colaterales?
Cuenca atraviesa, hoy, uno de los momentos más críticos de su historia republicana. La ciudad que cautivó al mundo por su armonía entre arquitectura, naturaleza y cultura enfrenta hoy una paradoja brutal: el mismo auge económico que impulsa su crecimiento está asfixiando los valores que le otorgaron el título de Patrimonio Cultural de la Humanidad.
Lo que presenciamos no es solo una expansión urbana, sino un proceso de “extractivismo patrimonial”, donde el beneficio inmediato de unos pocos grupos económicos amenaza con hipotecar el legado de siglos.
Uno de los síntomas más alarmantes es la urbanización agresiva hacia las zonas periurbanas. La ausencia de una visión de futuro en las administraciones municipales ha permitido que el cemento devore irreversiblemente los cinturones verdes.
Casos como la vía Medio Ejido–San Joaquín–Sayausí son testimonios de una urbanización agresiva que fragmenta el territorio rural. Esta “dieta de hormigón” no solo destruye el ecosistema, sino que borra la frontera entre lo urbano y lo natural, dejando a la ciudad sin sus pulmones vitales.
El paisaje, ese bien común que nos pertenece a todos, está siendo transformado de manera dramática. Los nuevos edificios se han convertido en el horizonte dominante e irrumpen incluso en la “zona tampón” de protección de la UNESCO.
El ejemplo más crítico es el Mall del Río: una mole de 100.000 m² levantada sin una discusión ciudadana profunda. Mientras ciudades como Dresde perdieron su estatus patrimonial por un puente, Cuenca acumula cargas visuales masivas que ponen en riesgo real su declaratoria.
¿Estamos dispuestos a perder la “Joya de la Corona” por concesiones comerciales de dudosa estética urbana?
Mientras la periferia crece sin control, el Centro Histórico se vacía. Apenas unas veinte mil personas habitan hoy el sitio UNESCO, muy lejos de las proyecciones que prometían fomentar la vivienda social.
Los jóvenes y la clase media cuencana han sido expulsados de su propio corazón histórico. El fenómeno de la gentrificación ha estallado: el centro se convierte en un escenario para el turismo de lujo mientras pierde su esencia como espacio de vida comunitaria.
Si no hay gente viviendo en el centro, Cuenca dejará de ser una ciudad viva para convertirse en un museo inerte o, peor aún, en un parque temático para el consumo.
No se puede ignorar el peso de los grupos económicos vinculados a la construcción y el turismo. Estos actores ejercen una presión desproporcionada sobre el Municipio, dictando políticas que protegen sus intereses por encima del bienestar social y cultural.
A esto se suma una sospecha que circula con fuerza en la opinión pública: el uso de estas ramas de inversión —construcción, turismo y compraventa de autos— como vehículos para el lavado de dinero.
El crecimiento vertical de Cuenca debe ser auditado no solo en sus planos arquitectónicos, sino también en la transparencia de sus capitales. Una ciudad construida sobre cimientos éticos dudosos está destinada al colapso moral.
La gestión y la intervención del paisaje y del entorno rural es otro síntoma evidente del deterioro. El desbancamiento de colinas y el relleno de márgenes de ríos en la Panamericana Sur, para negocios particulares demuestran un desprecio por la fisonomía vernácula de Cuenca.
El Derecho a la Ciudad no es una consigna abstracta; es la exigencia de que Cuenca sea planificada para quienes la habitan y no solo para quienes la venden.
Si no recuperamos la capacidad de indignarnos ante el deterioro de nuestro patrimonio y la exclusión de nuestra gente, pronto despertaremos en una ciudad que, aunque rica en edificios, será pobre en identidad.
Portada: imagen tomada de https://acortar.link/CqCYVs
Gustavo Cardoso Martínez, periodista cuencano con 45 años de experiencia en el ejercicio del periodismo vocacional. Especialista en Medio Ambiente y Política. Director de radio video “Antena Uno”, ex docente e investigador de la Universidad de Cuenca, ex director de radio “Ondas Azuayas”.